Cuando la publicidad se convierte en perversa
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Ya hace mucho tiempo que somos capaces de analizar la publicidad con sus mensajes como algo más que sposts publicitarios. La publicidad en ocasiones también se ha presentado como belleza, no en vano tenemos un cuajado grupo de artistas, que como Toulousse Lautrec, han concebido la publicidad como un mensaje cargado de estética que traspasa el mero lenguaje marketiniano. Del mismo modo, un gran número de modernistas, como el checo Alphonse Mucha, incluso artistas constructivistas rusos, han teñido los carteles publicitarios de arte. De hecho, la publicidad nunca ha ido carente de una cierta carga ideológica, artística incluso provocativa. Así, es algo totalmente aceptado en nuestro planteamiento y sirva el anacronismo, los grandes templos, foros romanos del gran Imperio, que eran amen de su funcionalidad ostentosos elementos publicitarios de lo que suponía el Imperio Romano y el poder del emperador.
Volviendo a tiempos más recientes, también se da el caso de aquellos artistas, que haciendo uso de elementos de consumo cotidiano, realizan verdadero arte, como es el caso de los artistas Pop, como las archifamosas latas Campbell de Andy Warhol, por poner un ejemplo. La publicidad y el arte, en numerosas ocasiones han caminado de la mano.
Pero en un mundo que se jacta de globalizado, donde se apela de forma diaria al respeto de los derechos humanos, de las creencias religiosas, a la libertad de pensamiento, a todo aquello que se presupone un logro social colectivo, cae en saco roto de la forma más burda que se puede, con la actual campaña de Benetton. He pensado francamente si escribir sobre esto. Es como todo aquello que nos asquea, es mejor no remover la mierda porque huele, o de una forma algo más disciplinada y elegante podemos decir, que no se debe hacer mucho eco con algo así, porque en el fondo les haces un favor con publicidad gratuita.
Dicho esto, la interculturalidad base fundamental de este medio desde el que escribo, está directamente reñida con la forma perversa de presentar la última campaña publicitaria que ha lanzado Benetton, en la que la falta de respeto y el decoro raya lo grotesco.
El enfado es mayúsculo cuando los fines son tan mezquinos como incrementar el rédito económico de una empresa italiana, dicho sea de paso, país francamente católico. Como todo en esta vida, se puede interpretar de varias maneras, por un lado la publicidad puede ser buena y en su última instancia llegar a su verdadero fin que es la rentabilidad del producto. En este caso le damos la vuelta y desde aquí se hace un llamamiento a este tipo de publicidad, mala, que espero de corazón, lo sea incumpliendo su finalidad, es decir que se retrotraigan las ventas por perversión e insulto no solo a los retratados, y pienso en el spot del pontífice y el imán, sino a lo que representan, las creencias, lo más sagrado de las personas, con lo que jamás se debe estar dispuesto a mercadear.


