El Hermitage en el Prado
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Para todos aquellos que aún y bien digo, aún, no hemos tenido el privilegio de viajar a la ciudad de los zares, nos viene una ocasión única a las manos o quizá mejor decir a Madrid. El Hermitage, el museo que recoge a modo de gran enciclopedia artística veinticinco siglos de historia no solo de Rusia sino en buena medida también de Europa, ha llegado a España y ha desembarcado con todo su esplendor y magnificencia.

El Hermitage en el Prado es una muestra que viene a poner colofón final a lo que se ha dado en llamar el Año Dual España-Rusia. Es una visita de cortesía de lujo, que recibimos como respuesta a ese otro gran evento que fue el Prado en San Petersburgo, cuando lo más granado de nuestras colecciones del Prado, salió a visitar el museo ruso, entre los meses de febrero a mayo de 2011, con una expectación que sobrepasó los 630.000 visitantes.
Ahora este diálogo entre museos, entre países y culturas, despliegan su alfombra roja para dar cabida a las colecciones reales que se presentan con 180 piezas que abarcan desde pintura, dibujo, escultura, hasta artes decorativas, joyería, muebles y vestidos. Todo ello con el fin de recrear algo más que una mera colección, para trascender a ese halo que supone una colección real, origen de Hermitage y punto el del origen de Colecciones Reales, que es otro nexo más de coincidencia entre ambos museos, que despliegan esa fastuosidad sobrevenida de una tutela real.
Así, como no podía ser de otra forma la exposición viene encabezada por un retrato de Catalina II, la Zarina ilustrada, artífice del origen de las Colecciones Reales, la cual supo hacerse con una de las mayores colecciones de pintura del momento. La recepción a la muestra de mano de su anfitriona, nos introduce en un mundo de lujo con artes decorativas y recreaciones pictóricas del Palacio de Invierno de la zarina, sede del Hermitage. Pedro I el grande, Nicolás II, también quieren con su presencia tutelar la muestra que en un completo devenir de obras maestras ofrece, entre otras, una representación de obras de los maestros de la pintura española, italiana y francesa de los que cabría destacar una obra de Velázquez de la etapa sevillana, que seguro que al llegar al Prado se habrá sentido como en casa. También destacable no sólo por su maestría en la obra sino por la peculiaridad de ser el único Caravaggio de colecciones de Rusia, se puede disfrutar del “tocador de laúd”. Del mismo modo, pintura impresionista y postimpresionista representada perfectamente, hasta llegar a finalizar la muestra con los emblemáticos Málevich y kandinsky.
Asimismo entre la escultura no pasa ninguna obra desapercibida, pero de entre todas, destacaría la Magdalena Penitente de Canova, que con una perfección técnica y con un bloque de frio mármol es capaz de suscitar los mayores y más profundos sentimientos de arrepentimiento. Orfebrería, vestimenta, muebles exquisitos, elementos tan reivindicativos del lujo zarino ruso como las piezas de Fabergé…
Es ésta una de esas muestras que bien podría ser motivo de suscitar el famoso Síndrome de Stendhal, ya que cuesta asimilar tanta belleza junta, aunque el soberbio y austero Museo del Prado, no llegue a mostrar con todo su esplendor el lujo decadente del Palacio de Invierno de Catalina II a orillas del río Neva.


